Educación Emocionada

"Sin recursos económicos para estudiar, en la España de posguerra no hay otra opción que el seminario. En los años cuarenta, en los cincuenta y hasta buena parte de los sesenta la Iglesia católica formará centenares de sacerdotes y frailes, o de aprendices de sacerdotes y frailes, que en algunos casos constituirá su única formación y en otros servirá de trampolín para hacer carrera, buscarse una profesión o convertirse en profesor, lo que de todos modos venía a ser lo mismo. El volumen sociológico de los seminarios religiosos en el conjunto de la enseñanza española, hasta bien entrados los setenta y la democracia, está sin estudiar pero cabe intuir que debe de ser altísimo" (Gregorio Morán: El cura y los mandarines").

Yo mismo fui uno de esos que formó parte —en los 60, con no pocos y recordados condiscípulos— del "volumen sociológico de los seminarios religiosos". Hace unos meses mi amigo Adolfo Díaz Martínez-Falero tuvo la buena idea de crear un grupo restringido en FB que nos sirviera de reencuentro, expiación y reflexión catártica a quienes habíamos compartido preadolescencia en el Seminario Menor de Hellín. Transcribiré aquí algunas de mis aportaciones al grupo, aquellas que considero de interés más general desde una perspectiva educacional.


Animismo, esperanza y contención postcampamental

El ECO número 5 del 65 cierra la reciente experiencia campamental en Mesones y nos prepara para el inicio del curso. El balance no podía haber sido más provechoso.

"El Señor nos ha regalado el tiempo, el lugar, el río, las tormentas... y los seminaristas mayores".

El editorialista se hace vocero implacable de los roles de género al uso: "las mamás tendrán (sic) que preparar el ajuar... los papás, el bolsillo". Una contraposición brutal, que dirían los esnobs.

El mapa no contiene ni un borrón —¿quién puede dudar?— y nos lo recuerda: "Durante el campamento has tenido contacto con tus superiores y con tu padre espiritual. El día del retiro te hizo ver claro lo que Dios te pedía... Ya tienes una ruta. Síguela y llegarás alegre y sin tropiezos al nuevo curso".

concamp 0aLa segunda página tiene un valor excepcional, porque al reproducir las referencias de los libros de texto nos está dando pistas sumamente clarificadoras sobre el "currículum" del momento. A mí me correspondía ese año (1965) cursar 1A y tengo marcados con una cruz los libros que seguramente habría de adquirir. Algunos de ellos aún los conservo. El de Gramática Española, por ejemplo, lo tengo expuesto en una vitrina del salón de casa. Reproduce en su portada, el retrato a medio cuerpo de un alumno decimonónico algo adocenado, pero al que algún condiscípulo avieso—yo no, que siempre fui excesivamente comedido en esas cosas— le añadió unos quevedos pintorescos. Para mí es un libro sin parangón, los retazos de poesía clásica con los que ilustraba cada unidad didáctica han permanecido en mi mente durante cada no de los pasados cincuenta años y aún soy capaz de recitarlos en buena parte. No incluía a Neruda, desgraciadamente. Para conocerlo hubimos de esperar al 71, cuando le concedieron el premio Nóbel y, un alumno rubito, envidiablemente agraciado y frágil, lo citó. Una lástima no haber conocido al poeta a mediados de los sesenta y haber tenido que esperar tanto tiempo para leer aquello por lo que, más allá de retiros y direcciones espirituales, hubiéramos vendido gustosamente nuestra alma al diablo (Veinte Poemas de Amor, Poema 1):

"Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava..."

A falta de esos versos, se nos ofrecían otros, no menos estimulantes, para nuestra enfebrecida imaginación (Santa Teresa de Jesús):

"Ya toda me entregué y di,
y de tal suerte he trocado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado" .

Eran otros tiempos, nuestros tiempos, nuestros buenos tiempos, ¿verdad?

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Aquellos maravillosos años

Hace unos días hablábamos de nuestra estancia en Mallorca, la de Ángel Ponce, la de Antonio Pérez Moyano y la mía. Aportamos algunas fotos de ambiente festivo en el día de la despedida. Habíamos acabado sexto y tenía recién cumplidos los dieciséis años. Unos meses después, mediado el curso 71-72, escribí para ECO el relato de aquel verano difícilmente olvidable.

Creo que el escrito transpira la educación que habíamos recibido en los años precedentes y la pugna por aflorar una visión tímidamente transgresora de la realidad que vivíamos entonces. Desde el punto de vista estilístico se aprecia la influencia de las lecturas de entonces: Pío Baroja, Azorín, Ortega y Gasset... Más interesante de lo que dice ese artículo, me parece lo que omite, obligados como estábamos a una suerte de autocensura preventiva.

No se habla del ambiente en las "catacumbas", una especie de celdas situadas debajo de la piscina, en donde convivíamos con el resto del personal subalterno del hotel. Normalmente había literas adosadas a ambas paredes, un ventanuco en el lado que daba a la calle y una puerta de acceso opuesta a esa breve abertura. Los camareros colegas eran de procedencia peninsular diversa. Recuerdo a dos de León, unos auténticos jabatos en el difícil arte de revolcarse inglesitas, dulces y pecosas. Trabajaban a destajo, porque acabada su tarea en las catacumbas bajo la atónita y ávida mirada de nuestros virginales ojos, solían continuar en la suite de algún hotel vecino, satisfaciendo las lúbricas y perennes apetencias de no pocas —decían— talluditas y obsequiosas visitantes foráneas, generalmente solitarias, pero también a veces acompañadas de maridos corpulentos y rubios, liberales y beodos, que aliviaban impúdicamente sus vejigas en plena calle mientras proferían a voz en grito "la porra, la porra, la porra..." y cantaban el porompompero o algún reciente pasodoble de Manolo Escobar.

Naturalmente, los que conocisteis a D. Félix convendréis en que no era cosa de trasladar a los lectores de ECO "escenas turísticas" como las descritas. La pluma de censor insobornable que llegó a ser nuestro amado rector jamás lo hubiera permitido. Mejor curarse en salud y evitar la excomunión. Ahora que una pródiga y dilatada vida nos ha doctorado a casi todos los circunstantes en escabrosidades varias quizá sea llegado el momento de asentarlo en los escritos.

Lamento el estado en que se encuentra el original de mi escrito. Me barrunto que nunca estuvo mucho mejor, porque aquélla máquina con la que mecanografiábamos los ECO sufría de "caries tipográfica" y no llegaba a percutir adecuadamente ni la "a" ni la "e". Los 48 años de abandono sin duda han contribuido a arruinar aún más la deficiente impresión original ciclostilada.

Con toda seguridad, los recuerdos de Ángel Ponce y de Antonio Moyano podrían enriquecer la perspectiva y el dibujo de "aquellos maravillosos años".

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Cancionero emocional

Vamos, no me digáis que no os levanta el ánimo tararear estas canciones. ¿Os acordáis de aquello de "Jesucristo será nuestro amor / militante de Cristo seré..."?, "Subamos a la montaña / en busca de un ideal...", "Un albañil cayóse / de un quinto piso...", "Con vigor marchemos al compas / con un vibrante paso de montaña...", "Ya la noche el bosque va sumiendo / en tranquina y solemne oscuridad / bajo el manto del oscuro cielo / ven al fuego, scout, a cantar...", "Señor, Jesús, enséñame a ser generoso / a servirte como tu mereces...".

No te cortes, cántalas de nuevo y verás cómo notas un nudo en tu garganta. Corresponden a un extracto breve del "Manual de Campamento" de 1967. Hay que ver cómo contribuían esos himnos a lo que la neurobiología llama el "gregarismo cohesionador". Es imposible dar identidad grupal a un conjunto de personas sin la apoyatura de canciones, enseñas y fantasía culturalista. Lo analiza magistralmente Adolf Tobeña en "La pasión secesionista", un libro centrado en desbrozar los entresijos psicologistas del soberanismo catalán de hoy.

Me he acordado de esa lectura precisamente cuando reflexionaba sobre la súbita emoción que despertaba la consideración de estas letras. Un artificio más que nuestra Santa Madre Iglesia descubrió hace muchos siglos y que ha utilizado a placer para aglutinar lealtad y compromiso de sus fieles.

Yo creo que si, algún día futuro conseguimos concertar un encuentro entre nosotros, el maestro de ceremonias habría de iniciar la liturgia con alguno de esos memorables himnos.

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Alcázares de la fe

Contra el paganismo armado.
He aquí una nueva entrega de nuestro inefable ECO. En este caso, el número 1 del año 66.

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El globo rojo

Os entrego otro ejemplar del ECO. En esta ocasión corresponde al número 4 del curso 1964-65, de 8 de enero.

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ECO 1971-1972

Durante el curso 71-72, un grupo de alumnos del Seminario Mayor de Albacete nos implicamos de manera visceral en la edición de la revista ECO. Algunos, como Miguel Angel Díaz Martínez-Falero, Antonio Pérez Moyano y yo mismo, hacíamos el curso "experimental" de COU. Lo recuerdo como una tarea apasionada y frenética. El ejemplar, semanal, solía distribuirse los domingos y conservo la imagen de no pocos sábados trabajando a las dos de la madrugada, entintadas las manos, en la encuadernación o la repetición apresurada de una página en la que habíamos detectado erratas de última hora. 

Intentaré reconstruir aquel trabajo de manera digital. El contenido, probablemente, carece de importancia, pero quedaron aquellos balbuceos de escribanos compulsivos, que quizá valga la pena conservar, ubicándolos, claro en su contexto crono-ideológico. 

 

  

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La persuasión iluminada

Este documento que he editado y que comento de manera introductoria corresponde al Ideario del Seminario Menor de Hellín de mediados de los sesenta. A mí me parece un documento revelador de la filosofía educacional que condicionó nuestros años de Bachillerato Elemental. En él se sientan las bases, pedagógico-humanísticas de lo que habría de ser el día a día de nuestra educación inicial. Sin perjuicio de abordar en otro momento, de manera más específica, contrastada y sistemática el significado que desprende y las implicaciones que pudiera haber tenido para toda una generación de educandos, transcribo y comento los aspectos que inicialmente se me antojan de interés.

Es difícil que encontremos una posición unánime sobre el pasado que hemos vivido. Los acontecimientos posteriores (los del futuro personal de aquel pasado) contribuyen a desenfocarlo y seguramente a tergiversarlo. Hasta tal punto que el recuerdo se convierte, algunas veces, en "falso recuerdo", pero no somos capaces de reconocerlo como tal. De ahí viene la validez de estos documentos: nos ayudan a enfocar y fijar lo que sucedió. 

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Verano del '68

En el verano del '68 yo tenía trece años.

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Horarios académicos.

No he retocado la foto. Los agujeros negros, la discontinuidad de los bordes, el color sepia y los puntitos esparcidos, el aire de escritura mecanografiada de tipos desdentados no son efectos simulados con recursos tecnológicos de última generación; es el fruto de un tiempo que deja su huella inexorable. El documento corresponde a la DISTRIBUCIÓN DE LAS CLASES Y HORARIO del 1965-66 en el Seminario Menor de Hellín, donde por aquel entonces cursaba yo primero de bachillerato, cumplidos los 11 años.

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